“La luna se reflejaba perfectamente sobre el mar de aquella playa mediterránea. La noche perfecta para acabarla allí, a su lado. Todo apuntaba a que esa iba a ser la noche elegida, sin quererlo, para que nos entregáramos hasta el “final”…
Recuerdo aquel verano como si fuera ayer.”
-Mamá, ¿cuando viene papá?
-Hoy no vendrá. Dijo que sí que vendría, pero no podrá ser. Le ha surgido un problema en el trabajo que él tiene que solucionar-
El niño baja la mirada, esa historia ya casi se la sabe de memoria.
-Pero me ha dicho que te diga que mañana seguramente vendrá a buscarte y te llevará a esa tienda de animales que tanto te gusta- intento consolarle. Si no lo lleva, él, ya me encargaré yo de llevarlo. No me puedo creer que el que fue el amor de mi vida, sea ahora una de mis penas…
Mientras, en la ciudad…
-¿Qué hora tienes Tom?- dice Jaime
-Las seis de la tarde, ¿no has comido, verdad?- mira su reloj de muñeca.
-Lo peor no es eso. Lo peor es que no he podido ir a estar con mi hijo. Mira que lo dije en su día “no pienso dejarlo de lado más”, ya basta que mi mujer piense que no quiero a mi familia, no quiero que mi hijo también lo piense. Pero no, aquí estoy en lugar de irme con él. Pero es que esta reunión es crucial para la firma…-apoya la frente sobre la mano, con el codo hincado en la mesa.
-Es lo que tienen los padres divorciados, no sabes lo que le debe estar diciendo tu mujer, perdón, tu ex mujer…- dice su compañero Tom.
Las cartas llegaron después, cuando me tuve que trasladar para estudiar, fuera de la ciudad. Ya teníamos planificado todo: cuando nos casaríamos (al terminar la carrera y conseguir empleo), cuántos hijos tendríamos, dónde íbamos a vivir…¿cómo hemos terminado así? Bueno, claro que lo sé…mejor no recordarlo. Mi hijo me odia porque mi mujer me odia…aquella mujer. Tras aquel momento en la playa, en la que nos entregamos al amor, regresamos con el resto de amigos del grupo. Aquella noche en las fiestas del pueblo sonaba la orquesta que cada año amenizaba el baile de los amores de verano. Amores como el nuestro.
En una de las cartas leo:
“Querido Jaime:
Solo hace una semana que te has marchado y mi corazón ya está medio agrietado, reseco de amor. Siento que la calle se me hace estrecha al andar, lo que no me invita a salir. Prefiero la soledad de mi habitación, de mi escritorio, de mi silencio. Así a través de las cartas, a través de mis letras, siento que te tengo aquí, a mi lado, escuchando lo que escribo como si te lo leyera…Anoche acudí al lago con las chicas y observamos a las luciérnagas, por un trabajo que tenemos que hacer en la escuela…Y me acordé de aquella vez, cuando cazaste algunas y las metiste en un tarro de cristal y me lo hiciste guardar. Para que iluminen tus noches, me dijiste…”
Suena el teléfono móvil de Rosana.
-¿Tienes al niño preparado?- dice Jaime.
Ese día lo pasa junto a su hijo. El niño tiene 7 años y lleva aguantando el divorcio de sus padres 2. Aunque ellos se esfuercen en mantenerlo alejado de todo lo que una separación conlleva, es difícil que note la falta de tener a sus padres juntos. Jaime parece más implicado en que Carlitos conozca como fue el gran amor de su vida. Luego el niño va a su madre y le pregunta cosas, dudas…como aquella vez.
-Mamá, ¿si papá y tú os queríais tanto como me cuenta en sus historias, por qué no estáis juntos?-
Al día siguiente mantuvieron una conversación:
-Deja de contarle al niño cómo fuimos. Qué tuvimos-le grita acalorada cuando ya están solos.
-Quiero que sepa como es una verdadera historia de amor-dice Jaime con los ojos brillantes.
-Lo sabrá, no te preocupes. Porque él la vivirá, cuando le toque vivirla-
-Pero quiero que la conozca bien para que sepa que no se han de cometer errores- Jaime mira hacia abajo. No puede mantener la mirada hacia Rosana. Y una lágrima desesperada viaja río abajo. Pero rápidamente la hace desaparecer.
-Es que yo sigo sin entenderlo Jaime. Han pasado dos años y te piensas que yo lo he olvidado, que “se me ha pasado el enfado” No se trata de eso- ella se queda de espaldas a él.
-Sé que cometí el fallo más grande que se puede cometer cuando ya tienes a alguien a tu lado. Nunca me lo perdonaré a mi mismo. Por eso me fui de casa. Aunque me perdonaras no podía mirarte a la cara. Pero ahora…es lo único en lo que pienso cada mañana al levantarme. Me acuerdo de todo lo que nos unió, de cada momento vivido, de cada mirada, de cada caricia, de tu voz, de tus manías, del equipo que formamos con Carlitos…-
-No hace falta que sigas, cállate de una vez- ella está girada de nuevo hacia él. Ahora es ella la que tiene los ojos brillantes. Le da de nuevo la espalda mirando hacia la ventana. A fuera es de noche, verano, tranquilidad. Pero dentro de la casa hay frío. Él se le acerca por la espalda, despacio. Hace el ademán de acariciarle los hombros desnudos, pero no quiere hacerla sufrir. Él sabe que ella no ha dejado de quererlo pero ha de ganarse su confianza y es capaz de esperarla siempre. De repente miran los dos tras la ventana. En el porche de la casa una luciérnaga revolotea, y asustada enciende su luz, calmando su vuelo. Tal vez ahora, dentro de la casa y tras la ventana, empiece la calidez. Ambos se han dado cuenta y no articulan palabra. Hacía tiempo que no se veían esos insectos por allí. Pero tal vez algo, la haya llamado para resolver algún enigma. Y parece que ha elegido el mejor momento.
Arriba en una habitación con las paredes pintadas de azul cielo duerme Carlitos. Un insecto se ha colado por su ventana y aletea cerca de su oído. Lo despierta. Alucinado se levanta pues ese insecto tiene luz. Algo asustado se dispone a bajar. Pero cuando está en la escalera, desde arriba agazapado, observa como Jaime y Rosana, sus papás, se funden en un beso. El miedo desaparece y no puede evitar, esbozar una sonrisa.